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Mitos y Leyendas

Mitos y Leyendas

 

Los mitos y leyendas son parte de la cultura de nuestro pueblo, no tienen un origen preciso, muchos se remontan a periodos autóctonos precolombinos pero también se han sumado legados hispánicos dando lugar a un enorme acervo tradicional del cual queremos compartir esta pequeña muestra, que también es parte de nuestro folclor .

 

 

 


Origen del Sol y la Luna

Decían que antes que hubiese día en el mundo, se juntaron los dioses en aquel lugar que se llama Teotihuacan, que es el pueblo de San Juan, entre Chiconauhtlan y Otumba. Dijeron los unos a los otros: "¿Quién tendrá el cargo de alumbrar al mundo?"
Luego a estas palabras respondió un dios que se llamaba Tecuciztécatl y dijo: "Yo tomo el cargo de alumbrar al mundo". Luego otro vez hablaron los dioses, y dijeron: "¿Quién será el otro?". Luego se miraron los unos a los otros y conferían quién sería el otro, ninguno de ellos osaba ofrecerse a aquel oficio, todos temían y se excusaban.

Había un dios que no hablaba pero sí escuchaba lo que los otros dioses decían, y los otros le hablaron y le dijeron: "Sé tú el que alumbres, bubosito", y él de buena voluntad obedeció o lo que le mandaron y respondió: "En merced recibo lo que me habéis mandado, sea así".
Y luego los dos dioses elegidos comenzaron a hacer penitencia cuatro días, encendieron fuego en el hogar, el cual era hecho en una peña que ahora llaman teotexcalli.
Todo lo que ofrecía el dios Tecuciztécatl era precioso. En lugar de ramos ofrecía plumas ricas que se llamaban quetzcalli, en lugar de pelotas de heno ofrecía pelotas de oro, en lugar de espinas de maguey ofrecía espinas hechas de piedras preciosas, en lugar de espinas ensangrentadas ofrecía espinas hechas de coral colorado, y el copal que ofrecía era muy bueno.

Y el buboso, que se llamaba Nanauatzin, en lugar de ramos ofrecía cañas verdes atados de tres en tres, todos ellos llegaban a nueve; ofrecía bolas de heno y espinas de maguey, y las ensangrentaba con su misma sangre; y en lugar de copal ofrecía las postillas de los bubas.
A cada uno de estos se les edificó una torre, como monte; en los mismos montes hicieron penitencia cuatro noches, ahora se llaman estos montes tzaqualli.

Después que se acabaron las cuatro noches de su penitencia, cuando la noche siguiente o a la medianoche habían de comenzar o hacer sus oficios, le dieron sus aderezos al que se llamaba Tecuciztécatl, diéronle un plumaje llamado aztacómitl, y una jaqueta de lienzo.

Al buboso que se llamaba Nanauatzin tocáronle la cabeza con papel, que se llama amatzontli, y le pusieron uno estola de papel y un maxtli de papel; y llegada la medianoche, todos los dioses se pusieron en rededor del hogar que se llama teotexcalli: en este lugar ardió el fuego cuatro días.

Los dioses se ordenaron en dos partes, unos de un lado del fuego y otros del otro, y luego los dos sobredichos se pusieron delante del fuego.

Luego hablaron los dioses y dijeron a Tecuciztécatl: "¡Ea pues, Tecuciztécatl, entra tú en el fuego!" Pero como el fuego era grande, estaba muy encendido y como sintió el gran calor, tuvo miedo, no osó echarse en el fuego y se volvió atrás.
Otra vez tornó para echarse en el fuego haciéndose fuerza, pero se detuvo, no osó echarse en el fuego, cuatro veces probó, pero no se osó echar. Estaba puesto el mandamiento de que no probase más de cuatro veces.

Los dioses luego hablaron o Nanauatzin y le dijeron: "¡Ea pues, Nanauatzin, prueba tú!"
Y como le hablaron los dioses, se esforzó y cerrando los ojos arremetió y se echó en el fuego, luego comenzó a rechinar en el fuego, como quien se asa. Y como vio Tecuciztécatl que se había echado en el fuego y ardía, arremetió y se echó en el fuego.
Luego una águila entró en el fuego y también se quemó, y por eso tiene las plumas hoscas o negrestinas; a la postre entró un tigre y no se quemó, sino que se chamucó y por eso quedó manchado de negro y blanco.
De este lugar se tomó la costumbre de llamar a los hombres diestros en la guerra quauhtlacélotl y dicen primero quauhtli, porque el águila primero entró en el fuego; y dijo a la postre océlotl porque el tigre entró en el fuego después del águila.

Luego que ambos se hubieron arrojado en el fuego, y después que se hubieron quemado, los dioses se sentaron a esperar de qué parte vendría a salir Nanauatzin.
Después que estuvieron gran rato esperando, se comenzó a poner colorado el cielo y en todas partes apareció la luz del alba.

Y cuando salió el Sol, apareció muy colorado, parecía que se contoneaba de una parte a otra, nadie lo podía mirar porque quitaba la vista de los ojos, resplandecía y echaba rayos de sí, y sus rayos se derramaron por todas partes. Después salió la Luna, en la misma parte del oriente: por el orden que entraron en el fuego, por el mismo salieron hechos Sol y Luna.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Nezahualcóyotl

Varios son los códices, y también las antiguas crónicas y los poemas en idioma náhuatl, en los que la figura de Nezahualcóyotl de diversas formas se vuelve presente. Por una parte están las palabras, testimonio de admiración, acerca de su casi proverbial sabiduría como forjador de cantos, como maestro versado en todas las artes y como profundo conocedor de las cosas ocultas. Por otra, se reiteran también los relatos, en los que se da cabida incluso a presagios y portentos en torno a lo que llegó a ser su actuación.
Así, por ejemplo, en las colecciones de antiguos cantares una y otra vez afloran alabanzas, como ésta de un poeta anónimo de la región aculhuacana que, dirigiéndose al sabio señor de Texcoco, dejó dicho:

Sobre la estera de flores
pintas tu canto, tu palabra,
príncipe Nezahualcóyotl.
En los libros de pinturas está tu corazón,
con flores de todos colores
pinta tu canto, tu palabra,
príncipe Nezahualcóyotl.

Un elogio que rivaliza con la anterior afirmación de que el corazón de Nezahualcóyotl da vida a los libros de pinturas, lo hallamos en otro breve canto que apunta a la más honda raíz de la sabiduría que llevaban consigo sus palabras:

Dentro de ti vive,
dentro de ti forja un libro de pinturas,
inventa, el Dador de la vida,
¡príncipe chichimeca, Nezahualcóyotl!

Si nos fijamos ahora en algunas de las crónicas indígenas, los presagios sobre lo que habría de alcanzar el príncipe texcocano repetidas veces nos salen al paso. De los anales de Cuautitlán tomamos, como una muestra, el relato de lo que aconteció a Nezahualcóyotl cuando todavía era muy joven, poco después de la muerte de su padre, perpetrada por las gentes de Azcapotzalco. Lo que se consigna, siendo legendario y portentoso, es sin duda reflejo de la nunca disminuida admiración de que fue objeto Nezahualcóyotl en el mundo de Anáhuac.

Así se entretenía jugando Nezahualcóyotl,
pero, una vez, se cayó en el agua.
Y dicen que de allí lo sacaron
los hombres-búhos, los magos;
vinieron a tomarlo, lo llevaron
allá, al Poyauhtécatl,
al Monte del Señor de la niebla.

Allí fue él a hacer penitencia y merecimiento. Estando allí, según se dice,
lo ungieron con agua divina,
con el calor del fuego.
Le ordenaron, le dijeron:
tú, tú serás,
así para tu mano,
habrá de quedar la ciudad.

Enseguida los magos lo regresaron
al lugar donde lo habían traído,
de donde lo habían tomado...

Ser llevado por los magos para que hiciera merecimiento en el Poyauhtécatl y ser luego ungido con el agua divina y con el calor del fuego, símbolo de la guerra, fue presagio, al que de inmediato siguió nueva palabra profética en relación con Texcoco, dominado entonces por los tecpanecas: "así, para ti, en tu mano, habrá de quedar la ciudad".

Otro relato, de contenido afín, nos lo ofrecen también los anales de Cuautitlán. Es esta la tradición de un prenuncio: el sueño que tuvo Tezozomoctli de Azcapotzalco, el anciano usurpador de la herencia de Nezahualcóyotl. Hondamente perturbado por la visión que había tenido en su sueño, manifestó Tezozomoctli:

En verdad tuve un sueño no bueno:
un águila se irguió sobre mí,
un ocelote se irguió sobre mí,
un cuetlaxtli se irguió sobre mí,
el señor amarillo sobre mí se quedó,
mucho me ha atemorizado mi sueño.

Por ello digo:
¡No sea que Nezahualcóyotl me haga perecer!

Así, a los elogios expresados en los antiguos cantares, reconocimiento de la sabiduría del príncipe texcocano, se sumaron también los presagios, los portentos y las leyendas consignadas por la tradición prehispánica que quedó al fin en las crónicas. Tan celebrada y admirada en extremo, como lo fue la figura de Nezahualcóyotl entre los antiguos mexicanos, también había de atraerse más tarde la atención de otros muchos a lo largo de las centurias coloniales y después, durante el periodo independiente, hasta la época actual.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

La muerte y el destino del alma

Las causas de muerte pueden ser: naturales, violentas y sobrenaturales.
Las naturales obedecen a alguna enfermedad (predominan en la región las enfermedades gastrointestinales y las broncorrespiratorias).

Las violentas se deben al hecho desafortunado de caer en un río, pozo, quemado por un rayo, homicidio (es muy común el asesinato a pedradas o por arma punzocortante).

Las sobrenaturales, en los adultos, obedecen a brujerías realizadas, a través de individuos que saben "hacer daño". Estos brujos pueden ser hombres y mujeres. En los recién nacidos la muerte por causas sobrenaturales se debe a que los "chupa la bruja", la cual generalmente se ensaña con los neonatos sin bautizar.

Este último grupo de bruja, compuesto siempre por mujeres, se acomoda más dentro de concepto de nagual, y para lograr sus fines se transforma en lagartija, guajolote, perro, etc. Para contrarrestar sus efectos se colocan en lugares estratégicos de la vivienda y cerca de la cabecera del infante, tijeras abiertas, agua bendita, oraciones impresas. Dichos objetos sin embargo, resultan en ocasiones insuficientes para detener a tan maligno ser.
La idea católica de la supervivencia, se entremezcla con las antiguas tradiciones prehispánicas, a pesar de que se piensa que el destino del alma es el señalado por el pensamiento cristiano. De este modo, tenemos que los buenos van al cielo, donde se encuentra el "trono de la justicia".

Muchas comunidades colocan en ese lugar junto a Dios, al Santo Patrón. El alma de los malos va al infierno. Poco se habla del purgatorio (aunque en los rezos se le menciona). El alma de los niños que mueren sin bautizar va al limbo. Si han recibido ese sacramento, van directamente al cielo, en donde se convierten en "Angelitos".

Ante la incertidumbre acerca del destino del alma, debe rezársele a los muertos temporalmente, recordándoles de este modo para ayudarlos a una mejor estancia en el más allá. Los festejos, los rezos y las ofrendas que se les hacen los días de difuntos está destinado a proporcionar este tipo de ayuda.

Los muertos siguen teniendo contacto con los vivos, predomina de esta manera la creencia de que aquellos que perecieron en forma violenta, se aparecen para asustar a los vivos, y es común escuchar de labios de los vecinos relatos sobre apariciones que han sufrido de alguna persona que murió ahogada, asesinada, etc.

Es también frecuente oír que los parientes muertos y que han sido olvidados, se aparecen en sueños donde piden a sus familiares que recen por ellos. En cuanto se les ofrece una misa o se les dedican oraciones, no vuelven a presentarse, lo que indica que fueron de utilidad los rezos ofrecidos.

Los muertos llegan también a coaccionar a una persona para que observe buena conducta, así pueden aparecerse la primera vez, para amonestar y a modo de advertencia, la segunda para llevarse consigo al trasgresor de las normas de comportamiento.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

El tesoro de la peña de Valle de Bravo

Desde hace mucho tiempo se ha venido contando de generación en generación, y todas lo han creído al pie de la letra, que en la peña del Valle de Bravo hay enterrado un valiosísimo tesoro.

En tiempo de la Guerra de Independencia, los insurgentes perseguían a muerte a los españoles, quienes por lo general eran dueños de cuantiosas fortunas, extensos latifundios y ricas minas de oro y plata en completa bonanza. He aquí la historia:

En el Valle de Bravo, poseedores de una gran extensión de tierra, había unos españoles sumamente ricos y que, temiendo ser presa de los terribles guerrilleros, determinaron separarse de la Nueva España para encaminarse a su patria, pero antes de hacerlo enterraron una cuantiosa fortuna en la peña del valle.

Consumada la Independencia por el gran libertador Don Agustín de Iturbide, y cuando el país comenzó a vivir separado de la corona de Castilla, aquellos españoles que habían dejado sepultada enorme fortuna en la peña del valle enviaron a dos personas de su confianza a México para que encaminándose a la población del valle, buscaran en la peña aquel tesoro, y para que con facilidad dieran con él les dijeron que encontrarían como señal un enorme clavo.

Aquellos españoles llegaron a México, y ya en el pueblo del valle y más aún en la peña buscaron con todo empeño y gran tenacidad la fortuna oculta, pero nunca la encontraron porque jamás dieron con el enorme clavo que les habían dado como señal. Por lo tanto se tiene plena seguridad de que en los ricos del Valle de Bravo denominados la peña, permanece aún oculto aquel tesoro que dejaron escondido los riquísimos españoles.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Un saludo al tesoro del Nevado

Todo principió al finalizar el año escolar de 1942. Gilberto, amigo y compañero de estudios, me invitó a pasar las vacaciones en un pequeño rancho próximo al Nevado de Toluca, accedí gustoso, y para hacer ejercicio realizamos el viaje a pie. Aquel pequeño rancho había sido propiedad de su padre, que a su vez lo había heredado de su abuelo y éste, de su tatarabuelo. Todos los días nos levantábamos temprano para excursionar por los montes, unas veces a caballo y otras a pie. Después tomábamos un baño en un manantial de agua caliente.

Uno de tantos días amaneció lluvioso y resolvimos quedarnos en casa. Para distraernos subimos a las galeras donde sus antepasados guardaban todo lo que ya no les era útil. Para nosotros ese lugar fue muy atractivo, encontramos cosas de mucho interés y gran valor; pero llamó poderosamente nuestra atención un cajón a manera de cofre de pirata que contenía papeles, los leímos con avidez por tratarse de la historia de la familia de Gilberto. Entre estos documentos encontramos un pliego escrito hace más de 150 años, en papel corriente, escrito con lápiz, no obstante el paso de los años, se leía con claridad. El documento tenía el color amarillento de los papeles viejos, al desdoblarlo se separó en partes, acomodadas por nosotros pudimos descifrar su contenido.

Iniciamos su lectura con gran sorpresa y encontramos lo siguiente: "Año de 1760, yo, Bartolomé Juan del Castillo, en nombre de Dios Padre que me crió y me conserva, hago la confesión siguiente:
Siendo el jefe de los ladrones que operaban en la Sierra del Nevado, yo como depositario de grandes robos de conductas que llevaban grandes tesoros que se conducían a España, y que pasaban por estos campos y de varios puntos de los minerales declaro en nombre de Dios Todopoderoso, ser cierto todo lo que voy a escribir.

Declaro que en la Cañada del Jicote que se halla en los Montes de los Estrada, de su lugar donde se juntan dos aguas, una chica y otra mayor, de allí por abajo donde hace un salto chico, está un subterráneo, su puerta es pequeña, apenas puede caber el cuerpo de un hombre, está al pie de una corta peñita, dicha puerta está cubierta con una losa que a su vez está cubierta con tierra, aquí hay intereses muy grandes. Y del salto para arriba, en esta misma cañada está otra que no tiene peña, está en la loma o costado de la cañada, está donde hay muchas hierbas de otatillo.

De allí mismo, subiendo rumbo al poniente, hasta llegar a la cumbre de la loma del Espinazo, estando allí encima del sur, se tomará a la derecha para abajo hasta dar con un cerrito chico que tiene muchos árboles, allí mismo se buscará un encino con dos brazos que figuran codos, uno está mirando a Zacualpan y otro al veladero, al pie están ocho botijas de dinero enterradas. Se tomará rumbo abajo hasta dar con una agüita muy pequeña que sale del mismo cerro y va a dar a un salto chico, a un lado está la puerta de la cueva, la mitad está en el salto grande, si lo encuentras te harás rico.

Allí está el convoy que se le quitó al virrey O Donojú en el paso del macho, este fue como un millón de dinero, al frente se encontrará un altar hecho de mezcla donde está colocado el señor del hospital, que es el que veneraban antes, más también se encontrarán los útiles de plata y oro con que se servía el virrey. En el interior está la gran cantidad de barras de plata formando un camellón, también se encontrará un gran depósito de ornamentos, y a un lado, otro altar con el Cristo de oro del Virrey, allí está también el esqueleto de don Cristóbal de Nova, que murió atado por querer entregar a los españoles este tesoro.

Hijo mío, pocos son los días que me restan de vida y mi alma está devorada por crueles remordimientos. En este fatal estado pienso y recuerdo tu orfandad desde la muerte de tu tierna madre, muerta de ti, la que te dio a luz, quiero recompensarte a ti y a Inés mi hermana, por sus humanitarias acciones.

Hijo mío, sabes que tienes un padre que tú no conoces, vive todavía, pero que enviado en un mar de crímenes, hace horribles memorias al título honroso de padre. Cometí varios crímenes, unas veces empujado por venganza y otras por la defensa que debía hacer de mi persona.

En fin, querido Paulino, tú comprenderás que yo quiero hacerte el bien y pido a Dios te conserve muchos años.

Los tesoros son muchos, puedes acompañarte de quienes gustes, no importa cuántos sean, para todos alcanza, una sola condición te pido, que mandes decir muchas misas para que Dios nos perdone, tanto a los malhechores que anduvieron conmigo, como a mí. Todos los objetos sagrados que pertenecen a la Iglesia como cálices, custodias, vasos sagrados, patenas y demás ornamentos religiosos, te ruego querido Paulino, hagan diligencia para que sean entregados a la Iglesia y puedan ser utilizados para lo que fueron hechos, con todo lo que sobre se remediarán, pues como te he dicho: hay tantos tesoros como para fincar otro México nuevo.

Principia tu recorrido por el Cerro del Manzano, es un cerro que tiene un manzano silvestre, está cerca de la Barranca del Muerto, en su tronco tiene una herradura clavada, al pie de ese tronco hay seis botijas de monedas de oro.

Yo, tu padre, estuve en tantos peligros que ignoro por qué Dios me conservó la vida. Sufrí muchas heridas mortales, sin embargo pude soportarlas porque uno de nuestros compañeros era curandero y conocía las propiedades curativas de muchas plantas de estos montes, así gracias a Dios pude conservar la existencia.

Todo lo que está ahí es de ustedes, remédiense en sus necesidades y sigue buscando y no te olvides, querido Paulino, de ayudar a los pobres, te lo encargo como primera obligación y manda decir muchas misas por el alma de tu padre y por todos los demás malhechores que bien lo necesitan".

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Los bandidos de Agua Zarca y su tesoro

En las inmediaciones del pueblo de Otzoloapan, perteneciente a la jurisdicción de Valle de Bravo, Estado de México, hay un barranco que baja del rancho de Agua Zarca. Cuentan las historias antiguas que una partida de ladrones que conducía al lomo de poderosas mulas alhajas y onzas de oro y plata robado a innumerables víctimas de Temascaltepec, era perseguida por la justicia que estaba a punto de darles alcance.

Los bandidos aquellos, viéndose perdidos, resolvieron descargar las mulas de los pesados sacos que fueron arrojados a una cueva que había en aquel barranco, y que precisamente taparon con tierra, ocultándolos de esta manera a los ojos de sus perseguidores, teniendo la esperanza de que libres de ellos, algún día podrían volver allí para desenterrar el tesoro.

Aligeradas las acémilas de aquel peso y montados en ellas, los ladrones emprendieron con más velocidad la huida, pero en esto último no fueron ayudados por la fortuna porque los soldados que los perseguían les dieron alcance matándolos a todos cuando iban en la fuerza de la carrera. Y al ser identificados sus cadáveres, los agentes de la justicia se dieron cuenta de que ya no llevaban absolutamente nada de lo robado, abrigando la íntima convicción de que únicamente en el barranco que baja del Agua Zarca lo pudieron haber ocultado ya que todo el resto del camino era llano y parejo, no pudiéndolo haber abandonado allí.

Desde luego mucho se buscó el escondite, pero todo fue en vano, pues nunca se encontró.
Pasaron muchos años de aquel suceso, pero su memoria no pereció, porque de generación en generación se iba renovando el recuerdo, y sobre todo en las personas más ancianas había la plena seguridad de que ese tesoro continuaba enterrado, pues no había sido descubierto por nadie en aquel lugar.

Entre estas personas había tres, cuyos nombres eran: Antonio Sánchez, Juan Hernández y Rafael Flores, los dos primeros originarios y vecinos de San Martín Otzoloapan y el último de Valle de Bravo.
Convencidos hasta la saciedad de que en la barranca que baja del Agua Zarca estaba escondido un gran botín, determinaron irlo a buscar con todo ahínco, y para el efecto invitaron para que los acompañara a Primo Castillo de Valle de Bravo, hombre decidido para cualquier empresa y de un valor casi temerario.

Hechos todos los preparativos se encaminaron cierto día al lugar de referencia y después de trazar planos y combinar el trabajo, comenzaron a escarbar en un lugar que creyeron más seguro. Cuando hacían esta operación, he aquí que escucharon unos quejidos huecos que salían de la tierra: los oyó primero Primo Castillo, quien me contó esta leyenda, y también los demás acompañantes, quienes poseídos de terror y acobardados, emprendieron precipitada fuga.

Dos veces más fueron y en ellas también volvieron a oír los lúgubres quejidos que les impedían proseguir su trabajo y que les hicieron comprender que el demonio estaba apoderado de esas riquezas y no permitía que las sacaran.

En cierta ocasión Antonio Sánchez llevó un rosario bendito y se lo colgó en el cuello creyendo que con aquella prenda el demonio los dejaría trabajar, pero no fue así, porque cuando menos pensaron, el del rosario sintió que se le acercaba un hombre que intempestivamente había aparecido, y cuando llegó a él, lo saludó dándole las "buenas tardes"... diciendo esto le arrebató el rosario y desapareció en la medianía de la barranca. Tan raro suceso los desconcertó e hizo que emprendieran la fuga.

Pero aquellos hombres estaban decididos a todo, y aunque se apoderaba de su ánimo un temor natural, en otra ocasión fueron de nuevo en busca del ambicionado tesoro, y entonces una extraña aparición les trastornó sus mentes, al ver que en un tepeguaje estaba un mono negro con un sombrero que casi le tapaba la cara y al acercarse a ellos se reía a carcajadas.

Creyeron firmemente que era el demonio, y Antonio Sánchez que era el más piadoso de todos, rezó el Magnificat, el mono se esfumó, pero a poco tiempo volvió a salir de un antro y aquellos hombres amedrentados por esas muestras misteriosas y sobrenaturales, huyeron y ya no volvieron a presentarse más en aquel lugar.
Esto pasaba por el año de 1880.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

El tesoro de la Cueva del Manzano

Fue por el mes de octubre de 1900 cuando en este pueblo y en los comarcanos sé propagó la noticia del crimen de "la barranca del muerto". Noticia que no hubiera producido tanta impresión si no hubiera estado íntimamente ligada con la leyenda del "tesoro de la Cueva del Manzano".

Mucho se habló sobre el particular y hasta se organizó una expedición en busca del tesoro, en el lugar de los acontecimientos, sin resultado práctico alguno, quedando pronto olvidado el suceso.

Como en la vida nada ocultó, al cabo de los años el protagonista del drama de aquel entonces, con toda buena voluntad me refirió el caso en la forma siguiente:

"Usted recordará al finado Antonio Martínez, entre él y yo existía una íntima amistad, la que nos hacía tratar como si fuéramos hermanos. Un día que iba para mi labor, lo encontré sentado en un recodo del camino en actitud pensativa. Al verme se levantó, y después de saludarme, me enseñó unos papeles, diciéndome: —mira Enrique, hace unos días encontré en un viejo arcón de la casa estos documentos que hablan de la existencia de un tesoro. ¿Quieres ir conmigo a buscarlo? En nadie tengo confianza sino en ti, no vayas a decirme que no, para que te convenzas lee estos papeles y ya verás que si la suerte nos favorece, seremos muy ricos.— Tomé los mencionados papeles, y más por curiosidad que por codicia, los leí desde luego, pues era poco lo escrito, y le ofrecí que iba a pensar en el caso y le resolvería después. Nos despedimos, yéndonos cada uno para su trabajo.

Dos días más tarde nos encontramos nuevamente en el comercio de don Teodoro, allí, mientras tomábamos una copa, Antonio recordó el asunto de si íbamos o no en busca de lo que hablaban los papeles. A mí, riendo, se me ocurrió comentarle a Don Teodoro que a mi amigo se le había metido en la cabeza la idea de que era cierto lo del Tesoro de la Cueva del Manzano, tan sólo porque se encontró con unos papeles que hablaban del sitio, en que dicen, se encuentra la cueva. Antonio recibió mal lo que había dicho, confirmándolo el hecho de que Don Teodoro insistente le rogaba le enseñara los papeles, ofreciéndole acompañarlo, pero se negó rotundamente y hasta de mal humor.

Ya en la calle mi amigo, aún molesto, me dijo: —no seas indiscreto, dime, quieres ir o no, piensa que se trata de mucho dinero y que esto no debemos saberlo más que tú y yo, pues hay gente que sería capaz de asesinarnos por esos documentos.— Para enmendar la falta que había cometido y para que Antonio quedara contento, me comprometí, en mala hora, a ir con él cuando quisiera, quedando convenidos en esos momentos en que tres días después emprenderíamos la marcha, en busca de aquel maldito tesoro.

Y así fue, un jueves muy de mañana salimos del pueblo rumbo a la montaña, caminamos todo el día hasta que las primeras sombras de la noche nos sorprendieron a lado poniente del volcán de Toluca, viéndonos obligados a improvisar un pequeño campamento entre las rocas. Al día siguiente comenzamos los primeros trabajos de busca, Antonio con mucho entusiasmo, yo, aunque dudoso, con toda buena voluntad hacía lo que él me indicaba.

Cuatro días duramos yendo de un lado para el otro, ya en el fondo de las barrancas, ya en la cima de los cerros, en busca de las señales que debían conducirnos a la puerta de la cueva. Y efectivamente, encontramos algunos de los parajes y señas que indicaban los papeles, lo que sirvió para robustecer la creencia en mi amigo y para desvanecer un tanto mis dudas. Al tercer día, después de una buena fatiga, con las ropas desgarradas, muertos de cansancio, nos instalamos en la orilla de aquel profundo barranco del que no quisiera ni acordarme.

Prendimos una hoguera y después de tomar algún alimento, comenzamos a platicar sobre las posibilidades que ya teníamos para llegar a la cueva. Viendo Antonio que el fuego se extinguía, tomó el cuchillo de monte y se dirigió a un sitio lejano en busca de leña seca. ¡Fue la última vez que nos vimos! ¡Ay, señor, cómo me duele el alma al recordarlo...! ¡Más valía que a mí también me hubieran matado...! ¡No cabe duda que aquel tesoro está maldito...!

Diez minutos habrían transcurrido de que Antonio se había alejado, perdiéndose entre las sombras, cuando de imprevisto escuché un grito de angustia, como si alguno solicitara socorro, volviendo a quedar después todo en silencio. Lentamente me puse en pie y sin pensar en el peligro, casi corriendo fui en la dirección en que me pareció había venido aquel grito, que aún me parece escuchar.

Al detenerme en un sitio rodeado de árboles donde estaba más oscuro, agitado, escudriñando con la mirada a mi alrededor, todas las fuerzas de mis pulmones grité: ¡Antonio... Antonio...! ¿Dónde estás...? El eco de mi llamado no se perdía cuando en mi cuello sentí la presión de dos manos, quise luchar pero fue en vano, una voz me decía: los papeles... los papeles... ¿dónde los tienes? ¡Dámelos! Después... un vacío... una montaña cayendo sobre mi cabeza... ¡La muerte!

Cuando desperté de aquel espantoso letargo, estaba yo en la cama de un hospital. Habían pasado muchos días. Otro de los heridos, que estaba a mi lado, me explicó que según él había oído, fui encontrado en el fondo de una barranca con una horrible herida en la cabeza, y que el doctor al hacerme la primera curación había dicho que pronto moriría, y que si por milagro llegaba a vivir, podía quedar idiota.

Ni lo uno ni lo otro pasó, mi fuerte constitución hizo que, aunque lentamente, al transcurso de dos meses recobrara yo mis facultades y mis movimientos. Una mañana que estaba yo tomando el sol en el pequeño patio, se presentó el personal del Juzgado haciéndome saber que tenía que rendir mi declaración. Se me dijo que debía decir la verdad y después de haberlo ofrecido así, me indicaron que explicara yo lo que había pasado.

Así lo hice, relatando todo lo anterior, hasta el instante en que aquellas manos de un desconocido me arrojaron al abismo, sin saber más. Entonces, el señor juez, dirigiéndome una penetrante mirada, me preguntó: ¿Quién fue pues el que mató a Antonio Martínez, su compañero y amigo? Un rayo que hubiera caído a mis pies no me hubiera producido aquel efecto.

¿Antonio, muerto, Antonio, mi hermano? Fue lo único que pude exclamar. Sí, repuso el señor Juez, confiese usted la verdad, no engañe a la justicia, su negativa puede perjudicarlo más.

Señor Juez, contesté, lo que le he dicho a usted es la verdad, se lo juro que no sabía sino hasta estos momentos que Antonio ha muerto, y por lo tanto, no sé quien pudo haberlo matado.

Es decir, repuso el Juez, que niega usted haber sido quien lo asesinó. Sí, respondí, en forma categórica. Lo niego, soy inocente de esa muerte. Está bien, sabe usted firmar, hágalo aquí.

Estampé mi firma donde me dijeron, y antes de retirarse, el Juez me indicó: lo que le conviene es confesar todo, de una buena vez, para que su pena sea menor.

Largo rato después comencé a coordinar mis ideas, preguntándome a solas: ¿por qué me han ocultado la muerte de mi amigo? ¿Quién lo mató? Luego aquel grito de angustia que oí, en esa noche en el monte, era de él. .. no me cabía ya duda... ¡Ah! Qué desgracia la mía, y la propia justicia se fijaba en mí como el asesino de mi amigo, de mi hermano de corazón... ¡Maldición!

Comprendiendo mi situación, en vano buscaba en mi mente la forma de desvanecer aquel cargo y de justificar mi inocencia. ¡Tarea inútil! Al ser dado de alta en el hospital ingresé a la cárcel como un asesino, como un criminal odioso. Tantas veces me llamaron a declarar, tantas negué terminantemente el delito que se me imputaba, pero las pruebas que había en mi contra eran terribles: el cuchillo con que se había cometido el crimen era el mío, en la cacha tenía mis iniciales; el día de la salida, los dos solos lo habíamos hecho; se trataba de ir en busca de un tesoro, pero los documentos que según confesión mía yo llevaba habían desaparecido, en una palabra, todo estaba en mi contra.

La ambición, manifestaba el señor juez, era la que me había hecho cometer el crimen, mi amigo debía haberse defendido de la agresión que yo le hacía y al recibir las puñaladas en las convulsiones de la muerte, se había agarrado a mi cuerpo, y habíamos rodado juntos al fondo de la barranca, y la prueba de ello era que, como a unos dos metros de donde me levantaron estaba su cadáver, y muy cerca de mí, el cuchillo fatal.

Yo no podía señalar a nadie como autor más que a aquellas dos manos malditas y la voz ronca de aquel desconocido, verídica defensa que fue tomada como una coartada de mi parte para evitar el castigo. Fui sentenciado con aquellas pruebas circunstanciales a quince años de prisión... ¡quince años! Si en verdad hubiera cometido el delito, mi misma culpa me hubiera resignado a cumplir la sentencia injusta de mi juez. .. ¡quince años de sufrimientos... de lágrimas... pesando sobre mi cabeza el calificativo de asesino ...!

En mis momentos de calma pensaba en todo lo ocurrido y sobre quién podía haber sido el criminal despiadado en cuyo lugar yo sufría; no encontrando solución para ese enigma, llegué hasta a imaginarme que el alma de alguno de los que habían escondido el tesoro era la causante de aquello, para ejemplo de los que quisieran intentar una nueva aventura.
Finalizaba el año de 1911. Hasta la cárcel llegaban los rumores de que la revolución había tomado incremento en algunos lugares. La vigilancia fue redoblada por temor a la fuga de los reclusos, las consideraciones que teníamos algunos nos fueron retiradas.

Una noche del mes de diciembre fue sacada toda la prisión, y amarrados en parejas codo con codo, nos condujeron hasta la cárcel de Toluca. Al día siguiente, con otros muchos, fuimos llevados a México. El Cuartel de la Canoa fue nuestro destino provisional, pues en poco tiempo nos incorporaron a diversos cuerpos que desde luego salieron para la campaña del Norte. Cuatro años de sobresaltos, en los que la muerte me arrebató a muchos compañeros...

De mi imaginación no se borrarán jamás aquellas escenas de horror: ...puentes destruidos por el incendio y la dinamita... trenes volados... gritos de desesperación y angustia de cientos de heridos... blasfemias... el estampido de los cañones, dominando el fuego de la fusilería... caballos sin jinetes, corriendo desbocados en los campos de batalla... lamentos... montones de cadáveres que eran quemados después de los combates, y que se retorcían espontáneamente al ser presa de las llamas... ¡la desolación... el terror... la muerte en todas sus manifestaciones...!

En el último combate en que me encontré, habíamos peleado tres días con sus tres noches, un oportuno refuerzo nos hizo alcanzar la victoria, ordenándose la persecución de los restos del enemigo.
Y allá fuimos, por aquellas llanuras, encontrando muertos, heridos y haciendo prisioneros, hasta que llegamos a un poblado donde hizo alto nuestra columna. Al permitirse descanso, me separé de mis compañeros y me dirigí a la orilla del pueblo donde un extraño impulso hizo encaminara mis pasos hasta las ruinas de una casa, recibiendo allí una sorpresa al ver la figura de un hombre que se encontraba escondido entre la maleza, en uno de los rincones. Avancé con el arma preparada y al estar cerca de él, grande fue mi sorpresa al reconocer en aquel individuo nada menos que a Don Teodoro, antiguo conocido de mi pueblo. ¡Usted aquí, Don Teodoro! ¿Pero qué anda haciendo por estos sitios? ¿Qué le pasa?
-Párese, no tenga miedo- le indiqué. Yo soy Enrique, ¿no se acuerda usted de mí?
-Sí, me contestó, bien te conozco, has llegado a tiempo. .. puedo morir tranquilo.
-Pero quién habla de morir, Don Teodoro, le contesté.
-Yo, Enrique, acércate, no puedo levantarme, tengo dos heridas por las que se me está escapando la vida. .. y llegas a tiempo...
- Llamaré a unos camilleros de los que vienen con nosotros, para que lo lleven y lo curen, tal vez pueda salvarse.
- Todo es inútil Enrique, ¡Dios así lo ha dispuesto!. ..Sólo te pido que escuches la súplica del que fue el autor de toda tu desgracia... ¡óyelo! Yo fui el que cegado por ambición, y después de haberme dado cuenta por la plática que tuvieron en mi comercio, los anduve espiando desde ese momento, a ti y a Antonio, siguiendo todos sus pasos hasta cuando se fueron al monte. Yo estuve muy cerca de usted aquella noche que estaban próximos a encontrar la entrada, aquel momento en que Antonio fue a buscar leña lo maté arrojándolo al barranco, yo fui el que después te esperé y atacándote de improviso, apreté tu cuello, y te robé los documentos de Antonio y después... te arrojé al fondo del barranco, donde antes lo había yo arrojado a él... yo fui el que hizo todo... perdóname... perdóname...

Como atontado escuché aquella espantosa revelación, y preso de venganza preparé mi carabina para acabar de matarlo. Su vida se extinguió... Mi impresión fue tan grande, que ante el cadáver de ese hombre vil, todo mi pasado lleno de ignominia y de dolor revivió en mi cerebro y parece mentira... lloré... lloré y aquellas lágrimas me salvaron y salvaron el alma de aquel desgraciado... Lo perdoné... lo perdoné de todo corazón... Ojalá mi perdón le haya servido de abono ante el Juez Supremo!

Junto al cuerpo de Don Teodoro estaba una maleta, la abrí encontrando prendas de ropa, una cartera conteniendo trescientos pesos en billetes de banco, los documentos de Antonio que fueron la causa directa de aquel drama en que fuimos tres las víctimas en diversa forma. Ya sin rencor, obtuve el permiso de mis superiores para darle cristiana sepultura al cadáver del que había sido motivo de mi desgracia personal, y posteriormente mi enemigo en combate...

Poco tiempo después la Revolución triunfó, me concedieron mi baja y al llegar a mi pueblo busqué a los familiares de Don Teodoro, como ya ninguno vivía allí ni sabían dónde estaban, fui a la cabecera del distrito a repartir entre los presos de la cárcel donde estuve aquellos dineros que no me pertenecían... ¡Se sufre tanto en una prisión!

Y ahora estoy tranquilo, mis penas morales me han agotado, comprendo que ya muy poco tiempo he de vivir más estoy contento porque siquiera moriré en mi tierra... ¿Qué me importa cómo me juzguen...? ¡Dios es testigo de que no soy ningún asesino, como se me juzgó!

Para terminar y como demostración del aprecio que le tengo, voy a regalarle a usted esos papeles que conservo. Tómelos y léalos como un pasatiempo, pero le ruego que no vaya a ilusionarse y a intentar ir a buscar nada, porque ese tesoro, si es que existe, está maldito..."
***
Agradecido por el obsequio, e impresionado por aquella verídica historia, me despedí de Don Enrique, quien hace dos meses murió. Pensando que es de justicia vindicar su memoria, lo hago publicando todo lo que él me refirió, así como el contenido de los documentos o relaciones que se refieren al tesoro.

"Se buscará por el camino de Coatepec de las Harinas arrastradero, el que se debe tomar con dirección a "Peña Blanca" y de allí al "Paso Ancho" siguiendo la dirección misma, hasta la Calzada de "San Gaspar", y se sigue caminando frontero al "Cerro Cuate", y de allí se quebrará sobre la izquierda, a pasar por arriba de un salto grande, que se encontrará en la "Barranca de la Sepultura" y estando en dicho sitio, se verá al poniente un cerro alto, escampado de árboles. Dicho cerro tiene tres cañadas, en una de ellas se buscará un ojo de agua, que sale de en medio, siguiendo hasta un subterráneo cuya entrada está cubierta y muy bien oculta por grandes hierbas, entrando se hallará una pieza grande, que servía de caballeriza, y de allí por el lado que sale el Sol, se encontrará una especie de túnel, pero muy oscuro y como de quince varas de largo, que conduce a otro subterráneo entre peñas y tepetates, en el cual al entrar se oye un fuerte ruido que causará temor. En uno de los rincones se verán varias lajas amontonadas, al quitarlas quedará la entrada de la Cueva Grande, donde hay un gran tesoro, en barras de oro y plata, moneda sellada y otros muebles de mucho precio.

El que llegare por suerte a dar con este tesoro, es suyo, y sólo se le ruega que haga buen uso de él, con los pobres y con la Iglesia. A los veintisiete días del mes de marzo del año de mil ochocientos cuarenta y cuatro.- Francisco Plata.- "Rúbrica".
"Cumpliendo con los deberes de cristiano, hago esta declaración en el nombre de Dios Todopoderoso, que me redimió con su preciosísima sangre. Saliendo de Coatepec de las Harinas, siguiendo el camino que va para la Sierra hasta encontrar el que va para "Ameyalco" se pasan tres lomitas, a la mitad de la primera hay un oyamel descascarado, la segunda es una lomita quebrada y la última tiene unas peñitas que miran para donde sale el Sol. De allí se sigue el rumbo de una joya grande, que agua en medio corrediza, la que sigue hasta un cerrito redondo que tiene muchos árboles, y se busca una encina que tiene dos brazos, uno que mira para el rumbo del veladero y otro para el Real de Zacualpan, y en cuyo árbol al pie tiene una herradura clavada.

De allí se cuentan veinte pasos y se va en derecho, siguiendo una agüita para abajo, que sale del Cerro del Manzano y que va a dar a un salto chico, y andando cincuenta pasos rumbo a Toluca se encuentra la puerta de una cueva, la mitad tapada con mucha hierba y la otra mitad, por donde entra el río, se sigue hasta llegar a un subterráneo que se pasa para entrar a otro, y en el último, en un rincón, tapada con argamasa está una puerta. Quitada la argamasa se encontrará una pieza grande, donde está un altar con dos Santos Cristos de oro macizo, y unas custodias con resplandores de muchos brillantes. Al pie del altar hay mucho dinero amontonado en barras de oro y plata, así como moneda sellada, en los rincones hay armas y monturas y sobre unos grandes troncos secos, hay bultos hasta como un ciento de géneros de seda y de loza, de la que llegaba por Acapulco. Por el amor de Dios, que todo lo de la Iglesia se entregue a la misma, y lo demás que hay en la cueva sea repartido entre los pobres. Lo que digo en el año cuarenta y cinco.- Bartolomé Falcón.- "Rúbrica".

Hay que hacer constar que estas o parecidas relaciones fueron las que indujeron al llamado Emperador Maximiliano de Austria, allá por los años de 1865 a 1866, a enviar un fuerte destacamento al mando de un coronel Segura, con el fin de buscar dicho tesoro, durando dicha expedición tres meses y sin encontrar nada. Más tarde, durante el gobierno del General Vicente Villada, una señora de apellido López obtuvo un apoyo de dicho gobierno, habiéndole facilitado tropa para buscar la cueva misteriosa del "Cerro del Manzano". Durante varios años se han organizado buscas por particulares de los pueblos y aún de México, sin que hasta la fecha se sepa que hayan encontrado el lugar preciso donde está la "Cueva del Cerro del Manzano", esperando con sus tesoros al afortunado nuevo Edmundo Dantés, Conde de Montecristo, que con su valor y constancia consiga arrancárselos.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

El callejón del muerto

Cuentan las leyendas populares que, al sonar las doce campanadas de la media noche en el doliente y melancólico reloj del convento del Carmen, un fantasma impreciso, una vaga silueta, mezcla de luz y de sombra, atravesaba el entonces cementerio, salía a la calle del Cura Merlín y torciendo por el que más tarde se llamara callejón del Muerto, desaparecía al pisar los umbrales de un viejo y chaparro caserón bautizado por el vulgo con el título de "Casa de las Ánimas".

¿Y después?... ¡Alabado sea Dios!... Dentro de aquella casa misteriosa, de sórdida apariencia, se realizarán, quizá, cosas estupendas y sobrenaturales... ¡Arrastrar de cadenas y gritos moribundos!... ¡Danzas macabras de esqueletos y brujas!... ¡Llamas azuladas y búhos de miradas demoníacas!... ¡Viejas, horriblemente viejas, de rostros macilentos y colmillos muy largos, muy largos!... ¡Oscuras cuevas, apenas alumbradas por informes hogueras de canillas humanas, donde celebraríase el aquelarre!... ¡todo misterioso, macabro, espeluznante!

La fantasía popular había rodeado aquella casa y aquella historia o leyenda de tal número de mentiras y supercherías, que las viejas timoratas, los viejos, y los niños no osaban transitar por aquella calleja una vez sonado el toque de oración, sin haber rezado cuatro o cinco Padre-nuestros y haberse persignado, por lo menos, doble número de veces.

Y es que la leyenda que sobre tal callejón se contaba no era para menos, había sido bastante sugestiva y novelesca para darle fama en muchas leguas a la redonda, sirviendo lo mismo para amedrentar a los niños que para entretener a los viejos.

Era yo muy pequeño cuando conocí la famosa historia, contaría a lo sumo doce años. Como todos los chiquillos de mi edad era afecto, en grado superlativo, a oír de labios del achacoso abuelo o de la complaciente nodriza los portentosos relatos llenos de maravillas, de quimerismos y hazañas estupendas, atribuidos, casi siempre, a héroes novelescos, que en la mayoría de los casos resultaban ser hijos de poderosos reyes o monarcas de la India, como en los cuentos de Las Mil y Una Noches. Tales héroes tenían que exponer veinte veces la vida en formidable y desigual pelea contra monstruos plutónicos o dragones de incontables cabezas, para libertar a una princesita rubia, prisionera de algún hada maligna, que le había hecho víctima de sus brujerías, y a la que siempre libertaba el príncipe, obteniendo su mano y realizando a la postre unos esponsales tan llenos de esplendor y de lujo, que su sólo relato era suficiente para dejarnos boquiabiertos y como quien mira visiones.

Por éstas y muchas otras causas, cuando en aquel entonces y en virtud de no sé qué trebejos encontrados en la "Casa de las Ánimas" al hacer unas excavaciones, se volvió a poner en el tapete de la curiosidad pública la tan traída y llevada historia del callejón del Muerto, no paré en mis investigaciones hasta lograr que la Nanita, mujer que desempeñaba el oficio de cocinera en mi casa, me contara una noche junto al recién fregado y rojo brasero, aquella espeluznante historia que en no lejanas épocas había tenido la fuerza de interesar a propios y extraños, dando origen y renombre al famoso y discutido callejón del Muerto.

Alguien me ha dicho que la leyenda que me fuera referida por la vieja cocinera adolece de algunos errores históricos, pero como en este caso yo trato solamente de referir lo que me contaron, sin pretensiones de historiógrafo, dejo a la credulidad de mis lectores el aceptarla o no como auténtica, que harta paciencia he necesitado yo también para garrapatear estos renglones, ¡váyase lo uno por lo otro! y sin más discreciones, entramos de lleno al asunto.

Allá por los años de La Llorona, cuando es fama, según los empolvados cronicones de la época, que en México pasaban cosas increíbles y asombrosas, vino a Toluca un extraño y misterioso matrimonio formado por una encantadora muchacha de tez pálida y morena, poseedora de unos ojos que, según dicen, alumbraban como luceros, y un viejo muy entrado en años, de aspecto huraño, continente airado y antipático, a quien daba marcado aspecto de ferocidad el escalofriante mirar de sus ojos mefistofélicos.

Dicho matrimonio ocupó por entero una de las casitas del callejón de nuestra historia, casa que, por su lujo, por la riqueza de sus muebles y por el ambiente de misterio que rodeaba a sus moradores, pues nadie sabía quiénes eran o de dónde venían, había cautivado por completo la atención y la curiosidad de los desocupados y murmuradores vecinos del barrio del Carmen. Por lo que no es de extrañar que, en su afán de adquirir noticias sobre los recién venidos, llegaran a exponerse a recibir más de cuatro "descolones" de parte del intratable viejo, que nunca soltaba prenda y sí, a menudo, cada interjección, que temblaba Cristo.

Aquella curiosidad y maledicencia del vecindario hubieran quedado del todo defraudadas si la indiscreción de una sirviente que hacía poco entrara en la casa no hubiera venido en su ayuda, al revelar algunos detalles, muy pocos por cierto, que hicieron cierta luz entre tantas tinieblas: "que el señor se llamaba Don Carlos López y Mendoza, que era español de origen, que su mujer, una niña rete chula, se llamaba Carmen y era, al parecer, mexicana, que algo muy grave debía haber entre ambos, porque nunca se hablaban a la hora de las comidas, que la señora se pasaba la mayor parte del día encerrada en su recámara, llorando inconsolablemente y besando el retrato de un niño pequeño que se le parecía mucho (ella lo había observado a hurtadillas) y..." ¡nada más!

iAhh, sí!... Que una noche había visto que el señor salía del cuarto de la señora y que ésta, en medio de un mar de lágrimas, sollozando desesperadamente, le demandaba con voz conmovedora: "¡Carlos, mi hijo!... ¡Devuélveme a mi hijo!" ¡Si ustedes la oyeran cómo lloraba! ...(decía la sirvienta, en medio de un corro de comadres) ¡Pobre niña, se le hacía a uno un nudo en la garganta!...
Y, ¡eso era todo!...

Como se comprenderá fácilmente, aquello vino a aumentar más aún la insatisfecha curiosidad de los vecinos, quienes, cada uno a su modo y según su imaginación y temperamento, fabricaron treinta historias distintas sobre los impenetrables vecinos del número 7, vecinos que, encerrados en el misterio de sus habitaciones, apuraban quién sabe qué extrañas y abracadabrantes aventuras.

Así las cosas, una noche a eso de las doce, hora de los fantasmas y las brujas, un disparo, que por la estrechez del callejón debió oírse formidable, vino a interrumpir el tranquilo sueño del vecindario, haciendo que los amedrentados colindantes, todos temblorosos y a medio vestir, salieran, cada quien de su casa, como búhos en su nido, a enterarse del motivo de aquella inesperada detonación, que había sembrado el pánico y la zozobra en más de cuatro espíritus pusilánimes.

Poco después llegaba la policía, recogiendo de en medio de la calle el cadáver de un hombre, aparentemente y visto a la luz de las linternas de los gendarmes, joven y no mal parecido. Tenía una bala incrustada en la sien derecha, la que debió producirle una muerte instantánea.
Como del interior de la casa misteriosa partieran sollozos estridentes y gritos estentóreos demandando auxilio, el jefe de la policía, al penetrar al interior de la casa, había encontrado a la infeliz sirvienta presa del terror más angustioso y con la razón extraviada, y al llegar a la recámara de la infortunada Doña Carmen, un cuadro por demás horrible y macabro, pues ésta yacía en medio de un mar de sangre, con la cara completamente desfigurada, el cráneo hendido y roto y los miembros increíblemente mutilados, prueba inequívoca de la furia infernal que debió apoderarse de su asesino.

Cerca del cadáver, como cuerpo del delito, fue encontrado un primoroso alfanje morisco, arrancado no se sabe de qué rica panoplia, con el cual aquella bestia humana había dilacerado y herido aquella carne sonrosada y bellamente morena, que aún en medio de tanta sangre, resultaba tentadora en sus desnudeces... Una roja lamparilla pendiente del techo hacía más roja aún aquella roja escena de sangre.

¿Qué había pasado ahí? ...¿Qué oscuro y formidable drama se había desarrollado algunos momentos antes entre la víctima y su verdugo, aquel sanguinario y brutal asesino, que tanta saña había demostrado al perpetrar su enorme crimen?
¿Quién era el autor de aquella feroz hazaña, en la que habían perdido la vida dos seres humanos?
¡Don Carlos! ¡Don Carlos!
Lo habían señalado desde luego los vecinos del barrio. Él era, sin dudarlo, el cobarde asesino de Doña Carmen y del desconocido, cuyo cadáver fuera encontrado en mitad de la calle, porque era de presumirse que una misma mano había disparado la pistola sobre el uno y esgrimido el alfanje sobre la otra.
Pero Don Carlos había escapado. Como todos los cobardes, había huido después de perpetrar el doble crimen, marcando con huellas sangrientas su paso a través de las habitaciones hasta el corral, cuyas tapias pudo escalar fácilmente sin gran esfuerzo.

Fueron inútiles todas las pesquisas realizadas por la policía, que no debe de haber sido ni más eficiente ni más activa que la de hogaño. iTarea inútil!... Don Carlos se esfumó definitivamente del horizonte.
Sin embargo, la luz se hizo gracias a una carta encontrada entre los papeles del individuo que sucumbiera a manos de don Carlos.
La carta era de Doña Carmen y decía lo siguiente:
"Señor Fernando de Santillana.- Presente.
Querido hermano:
Es absolutamente preciso que yo te hable esta noche (a de los acontecimientos).
Mi marido tiene sospechas de mi conducta y duda de mi fidelidad. ¡Esto es horrible!
Como no le he podido revelar el secreto de nuestro nacimiento, está en la creencia de que eres mi amante y de que yo lo estoy traicionando.
¿Qué hacer? ¿Habrá necesidad de deshonrar a nuestra querida muerta para salvar mi honor?... ¡Pobre madre mía!

La desesperación me mata. No sé que hacer. ¡He llorado tanto! Más lo que colma la copa de mis sufrimientos es el hecho dolorosísimo de que, en su desconfianza, ha llegado a dudar el insensato de que su hijo lo sea de verdad y lo ha separado de mi lado para darle, acaso, la muerte.
Ven, por Dios, esta noche, pues necesito tus consejos. Todo lo temo de este hombre, a quien odio por su brutalidad y sus excesos.
Tu pobre hermana, Carmen".

Y es fama en Toluca que desde entonces, al sonar las doce campanadas de la media noche en el doliente y melancólico reloj del convento del Carmen, un fantasma impreciso, una vaga silueta, mezcla de luz y de sombra, atravesaba el entonces cementerio, salía a la calle del Cura Merlín y, torciendo por el callejón de Muerto, desaparecía al pisar los umbrales del viejo y chaparro caserón bautizado por el vulgo con el título de "Casa de las Ánimas".

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

La casa de la Quemada

Como otras ciudades coloniales, Texcoco tiene también algunos mitos y leyendas que evocan las creencias religiosas cristianas y los cultos prehispánicos que aún subyacen en la comunidad.

Entre estas narraciones se encuentra la leyenda de "La Quemada", referida al antiguo "Mesón de los Tres Reyes", inmueble ubicado en la esquina de Juárez y Morelos. Se cuenta que la cocinera de ese lugar tenía amores con un sacerdote, circunstancia que trascendió, y el populacho, enardecido, se dirigió a la casa donde se encontraba la mujer, quien, al escuchar los gritos se encerró y esperó. La multitud, al encontrar la casa cerrada, le prendió fuego y, cuando ésta se hubo consumido, se encontró en un rincón de una de las habitaciones a la sirvienta, cuyo cuerpo se encontraba herrado de pies y manos. Desde entonces el sitio es conocido como "Casa de la Quemada".

***

Se cuenta que en la Casa del Obraje ubicada en la esquina de las calles de Degollado y Allende, antiguas calles de Rosains y Cuarta del Caño, estuvo preso el capitán pirata Robert Barret, derrocado en Veracruz el 23 de septiembre de 1568, éste prestaba sus servicios al pirata John Hawkins; Barret permaneció en ese lugar por más de 4 meses para ser juzgado y después ejecutado en la ciudad de México.
Se dice que en esa casa, por las noches, en un enorme fresno que aún existe en la parte interior, se aparecía un charro vestido de negro con traje tachonado de plata; este personaje acostumbraba llamar o seguir a las personas que por las noches oscuras, a deshoras, se aventuraban a deambular por las calles de los barrios de San Juanito y la Conchita.

***

Cuentan los ancianos de la población que en el Cerro de Tezcutzingo, lugar que sirvió de descanso a Nezahualcóyotl, se encuentra enterrado el tesoro de este monarca. Hubo una excavada por un arquitecto y una señora viuda de Pacheco, allá por el año de 1892, con el objeto de localizar tal riqueza, para lo cual la viuda invirtió inútilmente su patrimonio, que había recibido en herencia.

***

En Texcoco no podía haber faltado la clásica leyenda de "La Llorona", quien supuestamente aparecía por el centro de la ciudad de Texcoco, vestida de blanco, sin mostrar el rostro. Esta mujer hacía señas a los galanes noctámbulos para que la siguieran rumbo al camino que conecta a esta población con San Andrés Chiautla; se dice que al llegar al Puente de Santo Tomás, cuando el audaz enamorado estaba a punto de alcanzarla, volteaba mostrándole el rostro cadavérico y lanzándose el grito de "¡Ay, mis hijos!".

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Las momias del Instituto

En las vitrinas del museo de Historia Natural del antiguo Instituto Literario de Toluca, hoy Universidad del Estado, se han conservado por largos años cinco momias: tres de personas adultas y dos de niños. Las primeras corresponden al padre Botello, María Reyna y una parienta, las segundas son de dos hijos de ésta.

El profesor Luis Camarena González, notable taxidermista y profesor del Instituto, investigó la historia de los misteriosos personajes, haciendo notar el hecho de que su momificación se debió a la manera en que los cadáveres fueron sepultados y al uso de cal en el momento de inhumación.

El padre Botello era un vividor, cuenta el profesor Camarena que vivía de la caridad cristiana de los toluqueños sin ser realmente religioso, aunque vestía sotana y se adornaba con otras prendas del sacerdocio. Era en realidad un borrachín que abusaba de las bebidas espirituosas y que estafaba a los devotos pidiendo caridad para la iglesia. El sobrenombre de padre Botello le vino precisamente de su marcada afición al vino.

El tipo lunático recorrió muchos pueblos sin llamar realmente la atención de sus moradores, pero al pasar por San Antonio Acahualco, cerca de Zinacantepec, los vecinos lo descubrieron y lo denunciaron indignados ante las autoridades locales. Se cuenta que en el rancho de Capardillas se instaló un tribunal para juzgarlo y fue condenado a morir en la horca.
Ese fue el triste final de su vida sibarita. El profesor Luis Camarena observó que en rostro de la momia se notaba aún "el rictus característico del cuello tenso por la acción y la cuerda justiciera y aún más la señal del ahorcamiento, la de la lengua salida".

Por lo que hace a María Reyna, se sabe que era originaria de Almoloya de Juárez y que fue esposa de un bandolero apodado "Chepe Pesos Duros". Murió de disentería, después de contagiar a su parienta y a los hijos de ésta, por lo que fueron enterrados todos juntos y así se produjo su momificación por cal.

El profesor Camarena, que no carecía de sentido del humor, solía recordar que en cierta ocasión los estudiantes del Instituto pertenecientes al club "Vampiros" sacaron de la vitrina la momia del padre Botello y la incorporaron, debidamente pintarrajeado, a un desfile o carnaval con que celebraban el final de cursos.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

La Virgen de Tecaxic


También Nuestra Señora de Tecaxic tiene su leyenda. En el Zodiaco Mariano, obra publicada en el siglo XVIII por Fray Francisco de Florencia, se dice lo siguiente:

A raíz de la Conquista, Tecaxic -que en lengua mexicana significa vaso de piedra- era un pueblo muy numeroso. Una epidemia arrasó con su población, de tal modo que no quedaron en ella sino dos vecinos. Abrumados por la tristeza y soledad, no tardaron en abandonar el pueblo, que vino de esta manera a quedar desierto.

Con el éxodo de los dos sobrevivientes quedó abandonada una ermita que en los tiempos prósperos habían construido los vecinos. Veneraban en la ermita una imagen de La Asunción, pintada al temple sobre una tela indiana. En la soledad, el templo batió las puertas y rajó las paredes, de suerte que el viento, los soles y las lluvias, "deslucieron los colores del ropaje y mermaron la hermosura del rostro".

En estado tan lamentable se encontraba la capilla, cuando acertó a pasar por allí el licenciado Antonio de Sámano y Ledezma, en los momentos en que se abatía un fortísimo aguacero. Buscó el hombre asilo en la capilla, pero en balde, porque dentro se mojaba tanto como afuera. El agua escurría por la imagen, y allí advirtió el licenciado que era milagroso el hecho de que la Virgen no se hubiera despintado del todo, máxime siendo la materia en que estaba iluminada, tan deleznable y corruptible.

No sólo a este hecho inexplicable obedeció la veneración de la imagen de Tecaxic. Dos hombres de Toluca se desafiaron a causa de los requiebros de una mujer. Escogieron como sitio del duelo la espalda de la abandonada ermita, que mal se erigía en el cerro de Tecaxic, hoy conocido como El Molcajete, a causa del cráter que presenta en su cima de donde le viene el nombre náhuatl ya mencionado. Estaban los rijosos en pleno desafío, cuando oyeron músicas nunca oídas, como si proviniesen de los cielos. Asombrados suspendieron la pugna. Era de la Capilla de donde salía aquella música de ángeles, pero cuando llegaron hasta donde se hallaba la imagen, la encontraron "sola y desamparada". "Llenos de pavor y reverencia pusieron las armas a los pies de la virgen, y haciéndose de enemigos muy amigos, adoraron a la gran Señora..."
Con este suceso confirmó el Guardián del convento de Toluca lo que ya le habían referido, y es que todos los sábados del año, se oía música celestial en aquella capilla abandonada.

Otro prodigio tuvo confirmación en la ermita: Pedro Millán Hidalgo, vecino muy estimado en el Valle de Toluca, hacía frecuentes viajes, muchos de ellos de noche, desde la ciudad de San José hasta Xalmolonga - Almoloya, hoy de Juárez- y al pasar por Tecaxic, especialmente los martes y los sábados, "solía oír una música muy acorde y sonora, que le causaba admiración". Sin embargo, cuando picado por la curiosidad se acercaba a la ermita, la encontraba desierta. Comenzó por llevar ceras que encendía cada vez que por allí pasaba.

Algunas veces, en pleno día, Millán Hidalgo veía en la ermita "luces que a distancia brillaban con gran resplandor, y llegando a ella desaparecían".

Otra ocasión oyó música en la noche. Pensando que los indios, para evitarse el pago de derechos, habían ido a enterrar a uno de sus muertos a esa hora, les gritó en mexicano que no temiesen, que él era Pedro Millán. La música cesó como por encanto. Molesto por lo que creyó socarronería de los indios, se llegó sigilosamente hasta la Capilla, y para su asombro la encontró vacía.

Este y otros hechos no menos asombrosos, que narra en su Zodiaco el buen fraile Francisco de Florencia, fueron el origen de la veneración de la imagen del Santuario de Tecaxic.

Cuando fue Guardián del convento de Toluca el padre José Gutiérrez, quien gozó fama de ser un hombre profundamente religioso, y conociendo los prodigios de la imagen de Tecaxic, animó a los vecinos de Toluca y a los labradores de lxtlahuaca a erigir un templo. Después de algunas peripecias, los deseos del religioso se cumplieron. El Santuario de Nuestra Señora de Tecaxic fue acabado de construir en el año de 1655.

Hoy día el Santuario se encuentra abandonado. Ausentes están las numerosas romerías que en otros tiempos lo visitaban. Las almas sencillas de los pocos hombres de buena voluntad que aún quedan, están en espera de un nuevo prodigio de Nuestra Señora de la Asunción.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

La Virgen de los Remedios

Historia vaga, romántica y bella leyenda de amores entre la nobleza visigoda de Toledo, en los inicios del ya muy lejano siglo VIII, y aventuras de guerreros mercenarios extremeños de la época de Hernán Cortés, a finales del siglo XV, enmarcan a la pequeña imagen de la Virgen de los Remedios y el diminuto "niño" que sobre su pecho alberga.

Trataré de ubicar primeramente, en el tiempo y el espacio, a la imagen que al pasar de los siglos sería conocida como Virgen de los Remedios. Para ello recordemos previamente que los visigodos dominaron a España del 412 al 711 de nuestra era y que allá por el año 700, la nieta del entonces ya fallecido Rey Chindavisto, llamada doña Luz, y a quien la crónica de la época pinta como a una hermosa mujer, era objeto de tenaz persecución amorosa por parte del Rey Witiza, monarca en turno de la imperial Toledo.
No obstante que el rey no dejaba ni a sol de campo ni a sombra de castillo a doña Luz, ésta se unió secretamente con don Favila, duque de Cantabria, de quien, secretamente también, tuvo un niño (éste sería, con los años, don Pelayo, Libertador de España).

Antes de que el ya receloso monarca lograra descubrir la prueba del "pecado", doña Luz hizo subrepticiamente sacarlo del castillo y, en una muy superada versión de la leyenda del patriarca Moisés, el infante, acompañado por una pequeña Virgen María y su niño, fue cuidadosamente acomodado en una arca que una camarera de doña Luz depositó sobre las aguas del río Tajo, allá en Toledo.

Después de un recorrido de casi 40 leguas -según la leyenda-, el arca, sobre el mismo río Tajo, fue vista y rescatada en un sitio aledaño a la Villa de Alcántara (Extremadura) por el noble don Gafres, quien ahí se hallaba ejercitándose en la cacería.
Aquel caballero descubrió también, al lado del infante, unas joyas y una carta del origen noble del niño, sin dar ninguna noticia de quiénes eran sus progenitores.

Don Gafres condujo y adoptó en su castillo al niño, y a la Virgen la entregó a la iglesia de Santiago, ya desaparecida, de la Villa de Alcántara.
Casi ocho siglos después, ya por algún extraño privilegio, o tal vez por un acto de compraventa, el cura de aquella iglesia entregó la Virgen a un soldado extremeño que habría de partir a la guerra de Italia.

Cuando este soldado regresó de su aventura a su villa natal, y supo que su hermano Juan Rodríguez de Villafuerte se enlistaría entre los hombres de Cortés para venir a "la conquista de las Indias", aquí al Nuevo Mundo, le aconsejó a éste traer consigo aquella Virgen, diciéndole que a él le había no solamente dado fortuna, sino también le había remediado sus heridas... De ahí, posiblemente, el nombre de Virgen de los Remedios.
Andando el tiempo y ya en la Gran Tenochtitlán, luego de que Cortés mandó retirar del Templo Mayor a los dioses aztecas, Rodríguez de Villafuerte colocó en el lugar de Huitzilopochtli a la virgen española, sitio del que la rescató antes de huir con sus compañeros en la memorable noche del 30 de junio de 1520 (la Noche Triste), ocasión en la que -según los cronistas- Rodríguez de Villafuerte prefirió cargar con su Virgen que con el oro que codiciosamente, a pesar de su gravísima situación, los otros apañaban y que, en gran medida, fue lo que, por el sobrepeso, les costó la vida.

Horas después del desastre, cuando Cortés llegó y derramó lágrimas en el sabino de San Juan, a un lado del Cerro de los Remedios, en Naucalpan, Rodríguez de Villafuerte ocultó su virgen en la oquedad de un maguey que le pareció a propósito en la cima de aquel cerro, llamado entonces de Otomcopolco ("lugar de otomíes").
La imagen no fue localizada sino 20 años después por el cacique otomí Ce cuauhtli, bautizado luego como Juan del Águila Tovar, quien la llevó a su casa, pero como la imagen volviera -según la leyenda- una y otra vez al sitio en que el cacique la encontró, fue ahí donde los religiosos de Tacuba decidieron erigirle una iglesia, en la inteligencia de que la actual no tiene ya nada de aquélla.

Al principio el templo fue una humildísima ermita que, con el tiempo, decayó en un estado verdaderamente deplorable, por lo que el regidor y obrero mayor de la Ciudad de México, García de Albornoz, influyó para que el Cabildo se interesara en la construcción de un santuario en sustitución de la casi destruida ermita.

Tanto el virrey Martín Enríquez, como el arzobispo de México, Pedro Moya Contreras, coincidieron favorablemente en la realización del proyecto. El primero lo costeó, y el segundo se mostró satisfecho de poder bendecir la obra cuando ésta fuera terminada.
De acuerdo todos, el santuario fue comenzado en 1574 y concluido a finales de agosto de 1575. Los primeros patronos del santuario fueron el Cabildo y el Regimiento de la Ciudad de México, habiéndose designado vicario al licenciado Felipe de Peñafiel.

Más de medio siglo después, el 25 de marzo de 1629, se inició la construcción de las torres con su cúpula y crucero, con aplicación de bellos adornos de yeso. Antes de las muchas transformaciones de que fue objeto, el santuario tuvo una casa principal para dar alojamiento a pobres y a peregrinos, y aposentos para virreyes, arzobispos, oidores, inquisidores, personas principales y convidados especiales.
El santuario es visitado por muchos miles de personas no sólo de nuestra región, sino de diferentes regiones del país y por turistas extranjeros.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.


El Señor de la Santa Veracruz

La leyenda sobre el Cristo de la Santa Veracruz, tal como la recogió don Miguel Salinas, es esta: "Poco después de la fundación de Toluca sucedió en esta ciudad el siguiente prodigio: vivía en ella un vecino tan virtuoso como noble, llegaron a él, cierto día, dos hermosos mancebos, quienes le mostraron una devota y perfecta efigie de Cristo Crucificado, diciéndole que si gustaba comprarla, a lo que respondió que en qué precio la estimaban, y ellos respondieron que sólo les diera 30 pesos. Considerando el sencillo comprador lo corto del precio por tan perfecta efigie, les dijo que esperasen mientras sacaba el dinero. Al estarlo contando, por tener inclinada la cara y fijos los ojos en las monedas que contaba, no vio que en ese tiempo desaparecieron los mancebos, dejándole la imagen. Admirado de lo maravilloso del suceso dio cuenta al párroco, quien dispuso con solemnes procesiones y festivas demostraciones colocarla en el altar mayor de la parroquia".
La casa en que se efectuó la compra, según la misma tradición, es aquella que se encuentra en la esquina de las actuales calles de Independencia y Aldama, antes calles Real y Navarrete, ahora primera de Aldama.
Los documentos que se encontraron respecto a la construcción de la iglesia de la Santa Veracruz, que por muchos años fue la portería del convento de San Francisco, dicen que el día 13 de diciembre de 1733 se abrieron los cimientos y se puso la primera piedra, siendo mayordomo de la cofradía de la Veracruz el señor don Bernardo Serrano. La cofradía de la Veracruz pasó a ser dirigida por clérigos seculares a quienes reclamaron los derechos los franciscanos, en quienes se encontraba la administración parroquial de Toluca.
Los franciscanos, para vencer a sus enemigos que se negaban a entregar los derechos parroquiales, exigieron que les presentaran la cédula de edificación de la iglesia los dirigentes de la cofradía de la Veracruz, lo que nunca pudieron hacer, pues parece que, en efecto, la iglesia se construyó sin permiso del rey. Don Bernardo Serrano, que era uno de los más ricos labradores del Valle de Toluca, para vencer a los franciscanos que pretendían paralizar la obra envió a España a su sobrino don Pablo Arce, quien mediante las chicanas y dádivas comunes en todos los litigios, obtuvo permiso para edificar la actual iglesia de la Santa Veracruz, acallando las pretensiones del guardián del convento de Franciscanos en cuyo territorio se levantó la iglesia.
Terminada la iglesia, los cofrades de la Veracruz quisieron que se trasladara la imagen milagrosa de la iglesia parroquial al nuevo templo, pero los frailes se opusieron otra vez a tales pretensiones. El 30 de diciembre de 1796 el corregidor de la ciudad se puso del lado del guardián de los franciscanos y ordenó que se cerrara la iglesia. Sin embargo todos los labradores del Valle de Toluca que habían contribuido a la edificación de la iglesia pidieron al virrey les permitiera el uso del templo, que por fin les fue concedido con algunas condiciones.
A partir de aquella fecha, la iglesia de la Veracruz estuvo a cargo de capellanes del clero secular, siendo los dos últimos de esta clase los padres don Ignacio y Juan Manuel Escudero, que eran nativos de Toluca.
En la obra que se escribió sobre la orden de los frailes de San Juan de Dios se relata bajo una forma diferente la historia del Cristo de la Veracruz, que de todos modos, como ya hemos narrado, representa el sincretismo del dios Opochtli prehispánico y al Cristo de los conquistadores. Por eso, a pesar del extranjerismo de los misioneros del corazón de María, perdura el culto al Cristo Negro de la Santa Veracruz, aunque ya no ocupe el lugar preferente del templo que se le edificó por honrados vecinos de esta ciudad.
Lo más notable del templo de la Veracruz es su reloj. Esta máquina perteneció al convento de los Carmelitas del Santo Desierto de Tenancingo, de ahí fue llevada a Tlalpan, de Tlalpan vino a Toluca y estuvo colocada en las casas consistoriales, de donde fue trasladada al lugar que ocupa sobre la bóveda de la Santa Veracruz.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Leyenda de Juan Ruiz

Existe una peña por el camino a Tlamacas donde según nos cuenta esta leyenda se aparece el demonio.

Se dice que hasta ahí llegó un hombre pobre llamado Juan Ruiz y que hizo un pacto con el demonio firmándolo con su propia sangre. Después de este hecho, se dice que lo visitaba en su casa un hombre muy elegante y que se escuchaba como si descargara dinero. De ahí, Juan Ruiz se hizo rico. Al pasar el tiempo, él empezó a comportarse muy extraño e inquieto. Sus familiares, alarmados, lograron que confesara los motivos de su inquietud, él les dijo entonces que pagaría con su alma el pacto con el demonio.

Pero lo más alarmante era que también parte de su familia entraba en el pacto. Poco después Juan Ruiz huyó al monte, sus familiares y vecinos se lanzaron en su búsqueda, armados de ceras, palmas y agua bendita. Casi lo alcanzaron cuando aún se hallaba muy lejos de la peña maldita, pero se dice que cuando estaban cerca de lograrlo, se apareció una nube negra y al desaparecer ésta, él ya iba muy lejos nuevamente.

Siguiendo sus huellas, descubrieron con mucho temor que una de sus pisadas era humana y que la otra era de un macho cabrío. Después encontraron uno de sus huaraches, y al llegar a la cueva de la peña encontraron el otro, las pisadas que hallaron eran totalmente de bestia. En la peña, a la entrada de la cueva, había un letrero escrito con sangre que decía: "aquí en esta cueva se da de alta Juan Ruiz". La gente regresó al pueblo ya que nada pudieron hacer.
Con el paso del tiempo, la familia de Juan Ruiz volvió a quedar muy pobre.

Un día en el Río de la Verdura, a la altura de la calle Xicoténcatl, el puente se cayó mientras pasaban por ahí varios niños, de los cuales dos eran de Juan Ruiz. De manera inexplicable la corriente se llevó únicamente a los dos niños de Juan. Dos cuadras adelante lograron rescatar a uno de ellos y al otro lo rescataron hasta el pueblo vecino, donde se ensancha el río.

Nos dice la leyenda que muchos descendientes de Juan Ruiz han muerto en forma trágica. Los lugareños dicen que es debido al pacto que hizo con el demonio.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Las costillas del diablo

La gente de Tepotzotlán era muy afecta a la narración de leyendas, antiguamente se contaban leyendas de brujas, nahuales, duendes, lloronas, aparecidos y demonios.
Cuenta una leyenda que el diablo se iba a llevar a su casa una piedra, después de que la hubo atado con mecates trató de arrancarla del suelo de lava volcánica donde estaba, pero fue tanto su esfuerzo que dejó marcadas las costillas, y al no poder cargarla antes de que el gallo cantara, la abandonó.
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Otra leyenda asegura que existen túneles que van desde el Colegio Jesuita hasta distintas haciendas y parroquias de la periferia.
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También se habla de una campana encantada, al respecto cuentan que cuando fueron colocadas las campanas en la torre grande, en 1762, una de ellas cayó y se hundió en el suelo, quedando allí encantada. En 1914, cuando llegaron al pueblo los carrancistas, se dice que trataron de sacarla pero que fue inútil, ya que entre más escarbaban, aquella más se hundía.
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Se habla también de que en los cerros hacen sus sesiones las brujas y que después salen a chupar la sangre de los niños pequeños, principalmente de aquellos que no están bautizados.
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Se cuenta de un jinete vestido de negro con botonadura de oro, que se aparece en algunos caminos sobre un caballo negro, de cuyos cascos y cola salen chispas; aseguran que seduce con su riqueza a la gente codiciosa.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

El Señor de las Ampollas

La imagen del Señor de las Misericordias, Santo Patrono de Tlalnepantla, fue regalada por el rey Carlos V a Hernán Cortés, quien a su vez la donó al convento de San Francisco, de México. De allí fue traída provisionalmente a la iglesia de Tenayuca, y luego a la capilla abierta del Convento de Corpus Christi, en Tlalnepantla. En 1666, al ocurrir un incendio en la iglesia, el Cristo de las Misericordias se salvó milagrosamente, pues habiéndose quemado la cruz que lo sostenía, la escultura sólo registró quemaduras en la espalda, semejantes a ámpulas en carne viva, por lo que fue llamada el "Señor de las Ampollas".

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

 

Las iglesias viejas

En el antiguo Teocalhueyacan, pueblo otomí situado a unos tres kilómetros al poniente de Tlalnepantla, los frailes franciscanos edificaron un templo bajo la advocación de San Lorenzo, tal vez sobre las ruinas y hasta con el mismo material de que estuviera construido el antiguo teocalli.

A este nuevo templo acudía el pueblo a los servicios religiosos. Una noche, en medio de un estruendo inexplicable, el templo se hundió y de él no amaneció ni rastro. La gente quedó profundamente atemorizada.

Ante tal pérdida, los habitantes de San Lorenzo Teocalhueyacan tuvieron que acudir a sus servicios religiosos a Corpus Christi, el templo de Tlalnepantla.

Pero debido a la larga distancia que tenían que recorrer diariamente, optaron por construir en su región un nuevo templo.

Entonces surgió entre ellos una angustia interrogante: "¿no se hundirá nuevamente el templo y acaso junto con todos nosotros?" La solución fue sencilla: levantarlo en otro sitio. Y fue en Atenco (junto al río), en la falda del cerro, donde se erigió el nuevo recinto, sólo que en esta ocasión bajo la advocación de San Andrés Apóstol. Esta antigua leyenda aún corre de boca en boca entre la gente "grande" del pueblo.

Bibliografía:
Peñaloza, Inocente (1992), Mitos y leyendas del Estado de México. Toluca: Gobierno del Estado de México.

Gobierno del Estado de México 2016
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