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Nezahualcóyotl

Los testimonios y las leyendas

 

Miguel León-Portilla

 

 

Varios son los códices, y también las antiguas crónicas y los poemas en idioma náhuatl, en los que la figura de Nezahualcóyotl de diversas formas se vuelve presente. Por una parte están las palabras, testimonio de admiración, acerca de su casi proverbial sabiduría como forjador de cantos, como maestro versado en todas las artes y como profundo conocedor de las cosas ocultas. Por otra, se reiteran también los relatos, en los que se da cabida incluso a presagios y portentos en torno a lo que llegó a ser su actuación.

 

Así, por ejemplo, en las colecciones de antiguos cantares una y otra vez afloran alabanzas, como ésta de un poeta anónimo de la región aculhuacana que, dirigiéndose al sabio señor de Texcoco, dejó dicho:

 

Sobre la estera de flores

pintas tu canto, tu palabra,

príncipe Nezahualcóyotl.

En los libros de pinturas está tu corazón,

con flores de todos colores

pinta tu canto, tu palabra,

príncipe Nezahualcóyotl.

 

Un elogio que rivaliza con la anterior afirmación de que el corazón de Nezahualcóyotl da vida a los libros de pinturas, lo hallamos en otro breve canto que apunta a la más honda raíz de la sabiduría que llevaban consigo sus palabras:

 

Dentro de ti vive,

dentro de ti forja un libro de pinturas,

inventa, el Dador de la vida,

¡príncipe chichimeca, Nezahualcóyotl!

 

Si nos fijamos ahora en algunas de las crónicas indígenas, los presagios sobre lo que habría de alcanzar el príncipe texcocano repetidas veces nos salen al paso. De los anales de Cuautitlán tomamos, como una muestra, el relato de lo que aconteció a Nezahualcóyotl cuando todavía era muy joven, poco después de la muerte de su padre, perpetrada por las gentes de Azcapotzalco. Lo que se consigna, siendo legendario y portentoso, es sin duda reflejo de la nunca disminuida admiración de que fue objeto Nezahualcóyotl en el mundo de Anáhuac.

 

Así se entretenía jugando Nezahualcóyotl,

pero, una vez, se cayó en el agua.

Y dicen que de allí lo sacaron

los hombres-búhos, los magos;

vinieron a tomarlo, lo llevaron

allá, al Poyauhtécatl,

al Monte del Señor de la niebla.

Allí fue él a hacer penitencia y merecimiento. Estando allí, según se dice,

lo ungieron con agua divina,

con el calor del fuego.

Le ordenaron, le dijeron:

tú, tú serás,

así para tu mano,

habrá de quedar la ciudad.

Enseguida los magos lo regresaron

al lugar donde lo habían traído,

de donde lo habían tomado...

 

Ser llevado por los magos para que hiciera merecimiento en el Poyauhtécatl y ser luego ungido con el agua divina y con el calor del fuego, símbolo de la guerra, fue presagio, al que de inmediato siguió nueva palabra profética en relación con Texcoco, dominado entonces por los tecpanecas: "así, para ti, en tu mano, habrá de quedar la ciudad".

 

Otro relato, de contenido afín, nos lo ofrecen también los anales de Cuautitlán. Es esta la tradición de un prenuncio: el sueño que tuvo Tezozomoctli de Azcapotzalco, el anciano usurpador de la herencia de Nezahualcóyotl. Hondamente perturbado por la visión que había tenido en su sueño, manifestó Tezozomoctli:

 

En verdad tuve un sueño no bueno:

un águila se irguió sobre mí,

un ocelote se irguió sobre mí,

un cuetlaxtli se irguió sobre mí,

el señor amarillo sobre mí se quedó,

mucho me ha atemorizado mi sueño.

Por ello digo:

¡No sea que Nezahualcóyotl me haga perecer!

 

Así, a los elogios expresados en los antiguos cantares, reconocimiento de la sabiduría del príncipe texcocano, se sumaron también los presagios, los portentos y las leyendas consignadas por la tradición prehispánica que quedó al fin en las crónicas. Tan celebrada y admirada en extremo, como lo fue la figura de Nezahualcóyotl entre los antiguos mexicanos, también había de atraerse más tarde la atención de otros muchos a lo largo de las centurias coloniales y después, durante el periodo independiente, hasta la época actual.





 
 
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